La
lista de romances de Josu Jugo, confesados o inconfesables, llenaría
con generosidad un tomo de las páginas amarillas de Tokio. Y es
que este casanova galdacanés no ha perdido el tiempo en su todavía
corta existencia, que ha dedicado también a otros menesteres tales
como la música irrespetuosa, el deporte relajado o las largas siestas.
Ahora, con un compromiso matrimonial en ciernes, esta publicación
se siente en la obligación moral de advertir a su futura esposa
y a sus familiares de lo que se le viene encima si no ponen pronto remedio.
Un último aviso: seguro que lo niega todo. Siempre lo hace.Las primeras escaramuzas con el mundo del vicio vinieron de la mano de la gula. Pronto descubrió el placer que encerraban los tigretones, que engullía con plástico y cromo incluidos. Los kilos no se hicieron esperar y Josu adoptó una oronda figura que, no obstante, no le agradó demasiado y se apresuró a hacer desaparecer.
Entonces cambió de vicio y se acercó al mundo de la música. Grupos pujantes como «Ito-Itoiz», «La Polla Konzebolla», «Akelarre, akeno» modelaron su más tierna infancia y decidió encaminarse por la senda del pentagrama. Nadie sabe por qué escogió como compañero de viaje al acordeón. El tampoco. Pronto fundó el grupo «Josu el cabrón y su puto acordeón», sumándose a la por entonces muy aceptada moda de los nombres con sentimiento («Tarzán y su puta madre buscan piso en Alcobendas» funcionaba mucho por aquellas fechas en el vecino país del botijo).
A nadie extrañó, tras varios años de martirio infame a sus familiares y vecinos (algunos de ellos internados en sanatorios psiquiátricos, otros víctimas del suicidio), que abandonara el nuevo rumbo por falta grave de éxito.
Nuevo volantazo.
Un día, Josu se sentó y se puso a pensar. Descubrió
entonces un nuevo mundo de sensaciones. Pensar. ¡Qué extraño
y qué cosquillas! Comenzó a escuchar a los profesores en
vez de escupirles y inició lo que luego sería una notable
carrera profesional en el mundo de los números.
Aunque con notables altibajos (no derivados de su capacidad, que parece
que la tiene, sino de sus múltiples aficiones por el bien estar
y poco estudiar) Josu fue combinando una brillante carrera en los bares
de localidades tan poco recomendables como Basauri o Gernika, con sus estudios
en la lejana Leioa, donde supo desentrañar hasta límites
insondables el verdadero significado de lo que él cariñosamente
llamaba las «biesdas de la ubi, alabinbonban»; es decir, las
«fiestas de la uni, que bien me lo paso, colega», en lenguaje
coloquial.
Otra de las facetas más oscuras de su trayectoria tiene que ver con el deporte. Sin que tampoco se conozcan las causas concretas, Josu decidió un malhadado día perpetrar partidos de un extraño deporte llamado voleybol, justo antes de sus inevitables poteos. Nunca se supo el porqué de este complemento a sus largos periplos por los bares de vino barato en Somera, pero nunca volvió a ser lo que era. Hoy un tobillo, mañana la muñeca, esotro día la espalda y hasta aquella zona donde la espalda pierde su casto nombre. Una juventud perdida, y nunca recuperada.
Finalmente, merece especial atención biográfica la logia
a la que Josu Jugo ha pertenecido a lo largo de toda su vida: «Solteros
Eros», prohibida en repetidas ocasiones por el Santo Oficio Resucitado
y condenada por el Tribunal de las Buenas Costumbres que dirige el mismísimo
juez Calzón.
A la hora de cerrar esta información se ha conocido la bomba
informativa que ha significado la suspensión de la boda de Jugo.
Hasta el momento, «El nuevo chafardero galdacanés» sólo
tiene la evidencia fotográfica de la boda de Josu con Lupita de
Córdoba y desconoce mayores detalles, que serán ofrecidos
en el próximo número por el módico precio de 32 euros
americanos.